Me gusta definir el periodismo como un oficio artesanal. La labor minuciosa del buen quehacer periodístico se asemeja a la del tejedor. Al igual que el tejedor selecciona cuidadosamente cada hilo y los entrelaza con destreza para crear una hermosa tela, el periodista elige con precisión las palabras para, con los hechos, tejer una narrativa rica y significativa. Del mismo modo en que un artesano dedica tiempo y atención a cada detalle, el periodista cuidadoso selecciona sus fuentes, verifica los hechos y construye una trama que, además de informar, conecte con su audiencia.

Un periodista debe valorar la calidad sobre la cantidad y la profundidad sobre la superficialidad. Ha de esforzarse por crear un tapiz informativo que, además de informar, cautive y perdure en la memoria.

Bajo esa premisa, el periodismo se convierte en la expresión de un arte que se teje con dedicación, maestría y pasión.