Iván ‘Melón’ Lewis: “No soporto que me llamen maestro”

Cuando uno acude a un concierto de Concha Buika y hace un barrido visual por todo el escenario no puede evitar fijarse en su simpático pianista. Sus gestos delatan su pasión por el piano, ese instrumento tras el que esconde su timidez y sus temores. Buika lo presenta como el maestro Melón, aunque le irrita el término. “Sé que la gente me lo dice por respeto y lo agradezco. Pero no soporto la palabra. ¿Maestro de qué?”, comenta con su marcado acento cubano.

Melón. Iván Lewis se ha quedado con el apodo que recibió en la escuela cuando era chico. “Era muy flaquito y tenía la cabeza muy grande. Empezaron a llamarme cabezón y de ahí pasaron a decir que tenía la cabeza como un melón.” Explica que en Cuba, a la sandía le llaman melón y que, lo que en España se conoce como melón, al otro lado del océano lo llaman melón castellano.

En plena preparación de una colaboración de seis conciertos con José Luis Perales, nos reunimos para desayunar en una cafetería cercana al local de ensayo, en el barrio de Salamanca. El pianista ha colaborado en los dos últimos discos de Perales, haciendo gran parte de los arreglos. Este trabajo lo ha compaginado con el que realiza junto a Concha Buika por un lado y junto a Soledad Jiménez por otro. Además, logra sacar algo de tiempo para preparar su próximo disco.

-¿Cómo lo consigues?

-Es complicado porque para escribir música e imaginar el ambiente se necesita cierto nivel de descompresión mental y eso ahora es complicado.

-¿Por qué te resulta tan difícil?

-Por el tiempo y porque, cuando lo tengo, me cuesta aislarme mentalmente. Cuesta, sobre todo, cuando estás metido en tantas cosas.

-¿Necesitas estar frente al piano para componer?

-¡Impepinable! No soy Mozart ni Beethoven, que componían mentalmente. A mí se me ocurren muchas cosas en la calle, para eso el ‘Notas’ del móvil. Conduciendo se me ocurren muchas cosas. Como vivo a caballo entre Coria (Extremadura) y Madrid, durante el camino, me vienen cosas, las grabo y luego las miro.

-¿Qué haces en casa para concentrarte?

-Por las mañanas, mi mujer, que es maestra, y mi hija, que tiene 7 años, están en el cole. Hasta las 14.00, yo estoy solo en casa y aprovecho esa soledad. También compongo por la noche, conecto el piano, uno de estos acústicos, con el ordenador. Por la noche me cuesta un poco más porque me entra el sueño. Por la mañana, me noto más creativo.

-¿En qué proceso está el disco?

-Ya tiene forma y tiene dos o tres propuestas de nombres. Tengo que grabar este año. En algún momento, pero este año. Además, lo voy a grabar yo con mi propio sello. No quiero que sean todo canciones originales mías. En el primero, el grueso fueron casi todo originales. En éste no tanto, quiero que haya versiones, sobre todo de música cubana, pero con canciones no tan conocidas. La mitad del disco quiero que se centre sobre eso.

-Tienes tu propia banda, un quinteto.

-El formato de quinteto es provisional. La idea que yo tenía era de cuarteto: batería, bajo, saxofón alto y piano. Pero el saxofonista alto, que ya no vive aquí, tenía un alumno también cubano que vive aquí y toca menor. Cuando empezamos a preparar el disco, Ariel, el alumno, venía a ver los ensayos y un día le hicimos tocar. Me gustó cómo sonaba. Nos iban saliendo conciertos y le llamábamos para ver si podía tocar con nosotros y, al final, de ahí salió el quinteto. Ahora, el proyecto que quiero es a trío. Con colaboraciones, pero a trío. Y la música que estoy escribiendo va más enfocada a eso.

-¿Cómo fue ‘Travesía’, tu primer álbum?

-Ahora, cuando escribo, lo hago enfocado al disco. En el primero no. Hay hasta un tema que compuse cuando tenía 8 años. No escribí nada para ese disco, fue un proceso de seleccionar cosas que ya tenía compuestas. Luego, grabarlo, fue asustado, porque yo no tenía la idea de cómo fue después. Empecé en un estudio de un amigo mío, en Las Rozas. Conocía a Javier Limón, pero no tenía la relación que tengo ahora. Un día, me dijo: “Tienes que hacer tu disco.” Le dije que ya lo estaba haciendo. Me preguntó dónde y me dijo que por qué no lo grababa con él, que tenía que hacer algo grande. ¡Él quería hacerlo en blue-ray, que todavía no estaba ni oficialmente en la calle! Se desechó la idea, pero se hizo el DVD en directo.

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Recientemente, Melón ha recibido dos premios en Cuba Disco, uno de los eventos discográficos más importantes de Latinoamérica. ‘Travesía’ fue nominada en cuatro categorías, y recibió dos, el de jazz y el de audiovisuales. Aunque señala humildemente que no necesita premios para vivir, fue un momento inolvidable por ese reconocimiento en su país de origen.

España, Cuba, Estados Unidos, Japón… El pianista ha recorrido medio mundo transportando su música. Le encanta viajar y tiene la suerte de que su trabajo le obliga a ello. Pero, es una dualidad, porque, cuando está fuera, echa de menos a su mujer y a su hija. “El otro día, terminé una grabación en Valencia, vine para acá por carretera y llegué a Madrid como a las 8 de la tarde. Mi idea era quedarme a descansar y, al día siguiente, pillar el coche e ir a Coria”, explica. Pero, por el camino, le llamó Lucía, su hija. Estaba llorando porque quería ver a su padre. Él le decía que estaba cansado, que era mejor viajar el día siguiente y que serían pocas horas, pero no consiguió calmarla. “Llegué a Madrid, tomé un café y me fui. Valencia-Coria, 600km”, señala. Le gustaría poder compartir sus viajes con su familia y ver los sitios a los que va. “Muchas veces he ido a Londres, llegar por la tarde, prueba de sonido, tocar y, al día siguiente, a las 7 de la mañana coger el avión. He estado en muchos sitios en los que ni me he enterado.”

-¿Cuántas ciudades puedes llegar a visitar en un año?

-¡Buah!

-¿Aproximadamente?

-Nunca lo he pensado.-señala tras varios segundos pensativo.- Déjame que lo piense… A una media de entre 7 y 8 al mes… Unas 90 ciudades. Aunque ha habido años que más. 2010 fue una locura.

-¿Qué ocurrió ese año?

Se publicó mi disco e hicimos con Concha (Buika) cerca de 120 conciertos. Me faltan muchas ciudades que quiero conocer. Más de Asia. Conozco Tokio y parte de Japón. Mola porque es como otro planeta. Tienen su mundo, tienen su moda… ¡Es súper raro!

-¿Qué tal caló esa mezcla de flamenco con jazz y ritmos cubanos en Asia?

-¡El flamenco funciona que te cagas! Yo creo que el principal mercado donde el flamenco ha calado es en Asia y luego en Estados Unidos. En ese orden. Joaquín Cortés y toda esta gente, en Japón, son dioses.

-¿Qué tal fue actuar para un público tan diferente?

-Fue extraño porque siempre vas pensando… Si tocas jazz, si tocas otro tipo de música en el que no cantas… Pero, cuando hay alguien cantando, en español, y alguien tan voluptuosa y abrasiva como Concha… No sabes cómo va a funcionar. ¡Y yo vi gente llorando! ¡Qué onda! Gente que no sabe español, que no entienden nada, con una música tan personal…

-Es cierto entonces eso que dicen de que la música es un lenguaje universal.

-¡Desde luego! Me quedan muchas cosas por aprender, pero te puedo decir que ésa ya la aprendí. Estoy seguro.

Melón y Buika trabajan juntos desde la primera etapa con proyección internacional de la mallorquina, cuando empezó a trabajar con Casa Limón, tras la publicación de su primer disco. “Por entonces ni la conocía. Yo empecé cuando salió ‘Mi niña Lola’”, señala. Se conocieron en París, durante un concierto de Victoria Abril en el que tocaba el pianista. Buika y la actriz compartían representante y le pidió que le dejara cantar un par de canciones. “En el ensayo, aparece Concha –Melón imita su tímida sonrisa, con la cabeza gacha- con sus zapatos, unas tenis de Nike tipo bota, súper tímida…”

-Bueno, ¿qué tocamos? –pregunta Concha Buika casi susurrando, producto de su timidez.

-Tú sabrás, ¿no? –responde el pianista.

-¿Sabes ‘Nostalgia’?

-Sí, sí. ¿En qué tono?

-¡Probamos!

“Me quedé así -pone cara de sorpresa- y pensé ‘ésta tía está de cachondeo.’ No se correspondía para nada, con lo tímida que era, pasándolo hasta mal.” En ese momento, Melón se quedó impresionado. Una escena que bien podría haber formado parte de una película de Pedro Almodóvar. En aquella secuencia tan almodovariana nadie se imaginaba que terminarían poniéndose bajo la batuta de mando del director manchego en ‘La piel que habito’.

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