María Luisa Merlo: “Los políticos de ahora son actores malos como demonios”

Verano de 1941. Relucía un sol abrasador sobre la capital madrileña. La actriz María Luisa Colomina estaba embarazada. Le quedaba poco para salir de cuentas. Ella y su marido, el también actor Ismael Merlo, decidieron viajar a Valencia para que el niño naciera allí y así seguir la tradición familiar. El 6 de septiembre, nacía no un niño, sino una preciosa niña a la que pusieron el nombre de su madre.

Ismael tenía que continuar haciendo teatro y cine en Madrid. “Mi padre, a los 17 días no podía más y me trajeron a un hotel de la Gran Vía donde me crié,” narra María Luisa Merlo.

La actriz pasó su infancia jugando por los camerinos, donde se lo pasaba bomba. Era una niña muy silenciosa y algo solitaria. Entre bambalinas y cajas disfrutaba de su padre en obras como ‘Con la vida del otro’. Tenía 4 años cuando, por accidente, interpretó su primer personaje. “Estaba mi padre haciendo de farmacéutico, me dieron un empujón estando entre cajas, y aparecí en el escenario,” explica María Luisa divertida.

  • ¿Usted quiere algo? – preguntó el actor al ver a su hija en escena.
  • Sí, déme un poco de bicarbonato. – respondió pizpireta.

“¡BRAVO!” exclamó su padre al finalizar la función. Y como el señor don Ismael tenía fama de ser un hombre dadivoso, recompensó a su pequeña por su brillante improvisación con 5 duros de la época. “Mi padre era muy generoso,” explica María Luisa. “Cuando ponía un cartel de ‘No hay billetes’, algo que ocurría a menudo, subía el sueldo a los actores.”

¡Cómo ha cambiado el teatro desde entonces!  Madre mía. ¿Qué me vas a contar? En esta profesión lo he pasado muy bien y ahora estoy deseando irme. Con lo que estoy viendo ahora, me dan ganas de llorar.

¿Cómo ha evolucionado la profesión en los últimos años?  El teatro ha degenerado por ese 21%, que es un asesinato para el actor. Lo acaba pagando el obrero. Tú al público no se lo puedes descontar porque no irían.  ¿Qué pasa? Que ese 21 lo paga el empresario y, salvo mi hijo Pedro, al que le van muy bien las cosas y es muy honrado, los demás empresarios te piden, en vista de lo que les pasa, que cobres menos. Yo ahora mismo estoy cobrando 3 veces menos de lo que suelo cobrar. Por eso te digo que, en cuanto pueda, me voy. Ya no tiene solución.

¿Se acabó la época en la que las grandes figuras del teatro iban a caché?  A caché no va nadie. Vamos todos a lo que entre por taquilla.

¿Los productores no tendrán también algo de culpa? Los productores jóvenes. La mayoría de los productores que hay no son productores de teatro, son otra cosa. Salvo algunos, como Jesús Cisneros, que es actor, productor y un luchador, la mayoría son unos señores que no saben de teatro.

En estos momentos, está trabajando con él, girando con ‘Cosas de papá y mamá’. Una obra estupenda. Es un canto al amor entre la gente mayor. Son dos personas que se encuentran en el médico y les duele todo. Se enamoran en 5 minutos. Él, que está sordo, empieza a oír, y a ella, se le quitan todos los dolores. Curiosamente, quienes se oponen a su relación, son los hijos, que son los antiguos. ¡Lo que se tienen que inventar para ocultar su relación y que los hijos no los maten es divino! – comenta divertida.

Aunque la obra es bastante antigua, el tema continúa siendo actual. Sigue sucediendo. La obra se estrenó en el 60. Y yo la fui a ver, siendo muy joven, aún ni me había casado. Dije: “Esta función la haré de mayor.” Entonces era totalmente distinta. José Manuel Pardo, que es el director, ha hecho una adaptación espléndida, modernísima, en la que tenemos muchos más años de los que tenían y en la que todavía todo es mucho más divertido. La disfruto mucho, pero ya digo que no tardaré en irme. Me voy a ir como se fue la Rivelles, sin que se entere nadie. No haré una gira diciendo: “Despedida de María Luisa Merlo.” No. Lo que hizo Amparo Rivelles fue tan genial como lo que era ella. Un día, se acercó al público, sin saberlo ni el productor ni el director, y dijo: “Señores, han visto ustedes la última función de Amparo Rivelles.”

Eso lo dice mucho, pero, a pesar de sus enfados con la profesión, al final, siempre hay algo que le impulsa y le hace continuar. Continúo siempre que me ofrezcan algo que me guste y si voy a ganar dinero. Porque, para no ganar nada, me quedo en mi casa tan ricamente y cobro la jubilación. Pero ese 21, que decían que lo iban a arreglar pero que ahí sigue, al final, lo ha pagado el obrero, el actor. Somos la risa de Europa. Lo que han hecho con nosotros es una vergüenza, cuando luego ves cómo roban otros señores y con qué facilidad. Y de cualquier lado, quien menos te lo esperas también mete la mano. Yo he sido siempre de izquierdas, pero, si mañana hubiera elecciones, de los cuatro partidos de ahora no sabría a quién votar. Es más, yo veo el telediario y lo apago porque veo que lo único que quieren es ser estrellas, hacerse muchas entrevistas y estar muy monos. Prefiero ponerme una serie de actores, de los míos, de mi raza. Porque los cuatro son actores malos como demonios.

¿Sienten el apoyo de la Unión de Actores?  A mí me han ayudado mucho con amigos míos. He visto que lo estaban pasando mal, he ido a pedir dinero para ellos e inmediatamente se lo han dado.

Los actores tienen fama de gastar mucho dinero.  Somos gastadores por naturaleza.

¿Las famosas fiestas?  Ya no. En cuanto anochece, me entra terror y me voy corriendo a mi casa. No sé por qué, porque he sido noctámbula. En casa, todas las noches, con Carlos Larrañaga había fiestas hasta las 2 y las 3. Jugábamos al póker… yo qué sé… ¡Era tremendo! Igual luego empalmaba yo la fiesta con la televisión, me iba a hacer el ‘Estudio 1’ sin haber dormido.

Hay varias voces pidiendo el regreso del programa a través de las redes sociales. No creo que lo consigan. TVE no le ha hecho caso ni en el aniversario de la cadena. He visto sólo señoritas bailando y cosas raras. No he visto jamás esos ‘Doce hombres sin piedad’, que era mejor que la de Hollywood y que me la nombra todo el mundo. La 2 podría vivir de las joyas que tiene con actores como Bódalo, Ismael Merlo, Fernando Delgado, Jesús Puente…

Como la gran dama del teatro que es, María Luisa Merlo critica los problemas que han surgido durante los últimos años en la profesión. Lo hace porque le duele. Una persona que ama profundamente el teatro, que ha crecido viendo a sus abuelos y a sus padres sobre las tablas y, más tarde, a sus hijos, no puede comprender lo que está sucediendo. Por eso, en ocasiones, dice que quiere irse. Aunque, no lo hará mientras continúe con fuerzas. “Pero, cuando vea que me duele algo o que la memoria me va fallando, me iré,” confiesa. Eso sí, el día que tome la decisión, será definitiva. “Luego vuelven todas. ¡Yo no voy a hacer ese ridículo!,” exclama.

Lo que le está dando mucha vida es rodearse de gente joven y participar en sus cortometrajes, ayudándoles en sus carreras profesionales. Ahora empiezo uno estupendo en unos días. Voy a hacer dos. – explica. – uno con Salva Suay, que es un actor valenciano espléndido, guapo de morir. Me da mucho gusto poder entender a una persona joven, porque ahora no se les entiende nada.

Reconozco que, alguna vez, he tenido que poner subtítulos a lo que estoy viendo. – Yo me pongo cascos para ver las series españolas. ¡No entiendo nada de lo que dicen! Pero defiendo a mis compañeros, no es culpa de ellos. No son los actores, sino los directores. No les gusta que hablen claro.

Dicen que no es natural vocalizar tanto. – ¡Pero si la gente vocaliza por la calle!

¡Incluso en la Gran Vía!  ¿Cómo la recuerda en su infancia? ¡Era muy elegante y maravillosa! Era preciosa. Ahora está menos maravillosa, pero me voy acostumbrando.

Pero hay épocas, como Navidad o Rebajas, en las que se agobia mucho. Vas por la calle y te empujan. Pero sobre todo hay una cosa terrible, que es el móvil. Hay gente que va escribiendo sin levantar la cabeza y te va dando golpes.

María Luisa Merlo y David Hernández durante la entrevista
María Luisa Merlo y David Hernández durante la entrevista

Hace un par de semanas, Elvira Lindo publicaba un artículo sobre la degeneración que había sufrido la Gran Vía por las tiendas low-cost, como Primark, y esas colas interminables que obstaculizan el paso. Ella salía de la radio, se estaba despidiendo de sus compañeros en la puerta de la emisora y un guarda de seguridad del establecimiento le pedía que se apartase para extender la fila. Como no está reconocido como autoridad, la periodista se alargó un poco más de lo habitual ya por fastidiar. Y es que, sinceramente, molesta.  Si me hacen eso, yo pincho más. Lógico.

Pues por ese artículo, ha sido muy criticada. Lo más suave que le han llamado ha sido pijaprogre.  Aaah… ¡Qué bonito! Es todo muy bonito.

A muchos les vendría bien meditar.  Hace muchos años, Juan Luis Galiardo me llevó a un curso porque me vio deprimida. No sé qué sentí inmediatamente que me enganché.

Ahora es usted la que imparte los cursos.  Lo hacemos los martes en la Sala Amarilla de forma gratuita. Viene mucha gente joven. La juventud está en la búsqueda total.

Aunque se pone seria a la hora de hablar de su profesión, María Luisa es una persona muy divertida. En cierta ocasión, Isabel Gemio dijo que es una de las personas más inteligentes que ha conocido porque se ríe de sí misma. Y así es. Se ríe de todo, desde sus despistes habituales hasta de los problemas que le surgen. Siempre ha sido muy despistada. Un día, llegó con su hijo Luis a un hotel y, al abrir la maleta y verla llena de cables, les entró un ataque de risa. La actriz había llevado alrededor de 8 cargadores, pero se dejó los artilugios electrónicos en casa. “Nunca sé donde pongo las gafas, pero luego, sin embargo, cojo un ejemplar y me lo estudio en media hora,” cuenta. ¡Será el despiste del sabio!

Esa personalidad tan divertida, cálida y afectuosa es quizá uno de los motivos por los que el público la adora. Tanto que, hace un par de semanas, actuando en su tierra, le hicieron llorar. “Cuando Meseguer me adelantó y empezaron a aplaudir fuerte y a gritarme ‘guapa’, no pude contener las lágrimas,” confiesa. “Me llegaban hasta el ombligo.” Lo mejor del teatro actual, para ella, es el público. “Está mucho más abierto en reírse, en chillar, en llamarte guapa y en gritar que te quieren,” dice la actriz. “Antes te veían por la calle y se cortaban. Ahora, no. Unos besos y unos amores, que da gusto.” Nunca le han gustado las divas. Por eso ella siempre es tan cercana y se emociona con situaciones y anécdotas como la que vivió hace poco en Sevilla. “Recibí una carta de un niño de Donostia de 15 años. Un niño que se molesta en escribir a una señora porque se entera de que está en Sevilla.” “¡¿Qué seguimiento hará ese niño del arte!?,” exclama. “La gente ha cambiado mucho. La gente joven.”

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